Si hay un estado que ha resentido duramente los embates de los sismos y las lluvias, es Oaxaca. ¿Cómo es que este estado tan rico y tan bello, con gente tan cálida, talentosa y admirable, puede sufrir tanto, y aún así, mantenerse de pie?

Juchitán ha sido una de las localidades más golpeadas por las inclemencias de la naturaleza. Y allí, vive Amurabi Méndez. Originario de Salina Cruz, Amurabi es ingeniero por la UNAM, y ha experimentado en carne propia el terror y la esperanza que el terremoto del 8 de septiembre dejó a su paso. En esta emotiva crónica que nos permitió compartir, descubrimos cómo se han vivido –y sentido– las últimas semanas en Juchitán.


El temblor nos avisó a las 5:40 de la mañana. Es una réplica, dijimos amodorrados y seguimos durmiendo, 
A las 7:50 todo cambió. Lo que tengo en las paredes se me vino encima. Todo se movía, todo se caía de repente. Lo que no se había quebrado en el terremoto ahora terminó por ventearse. Es de mañana, muy temprano y el principio de un día espantoso comienza. ¿Es el principio del fin?, pensamos. Porque lo que estaba pasando no era mínimo. Era la secuela del terremoto de aquél jueves. El miedo paralizante acechaba pero aún así todos salimos en paños menores.
Nuestras rutinas han cambiado. Ahora dormimos con pijamas o ropa decente para no exhibir nuestra enorme genitalia a los vecinos (guiño, guiño) cuando salgamos por piernas. Así que cuando logré salir, ya estaban todos los vecinos en diferentes grados de desnudez ora rezando ora hincados ora confusos ora aterrorizados. La pareja de viejitos abrazados, la niña de enfrente gritando, la vecina de al lado en una oración inentendible, el vecino gordo con una sonrisa estrábica. Todos con miedo. Me había olvidado los lentes de contacto y mi celular tenía el 15% de batería. No sé porqué pero la noche anterior lo había presentido. Todas esas noticias falsas, esos rumores, esas supercherías se habían anidado en algún rincón de nuestras istmeñas e inocentes mentes. ¿Así comenzaba el fin del mundo? ¡Vaya tela! Entré por mis lentes (soy un mapache cegatón y sin ellos el mundo parece como borroso) y de nuevo se vuelve a sentir la réplica de la réplica de la réplica. Y fuerte.
Salgo corriendo entre todo lo que se había caído dentro de la casa. Voy corriendo a la primera calle de mi colonia. Todos bien. La tercera calle, Sin novedad alguna, salvo el miedo. 
El miedo es una cosa real. Es como un guante de hierro que te atenaza la garganta y no te suelta. Está ahí, invisible, quemante, ahogador. Pero no es visible. Son los huevos en la garganta, los ovarios en las amígdalas. Es la sensación de desconcierto y descontrol, lo que no dominas ni controlas porque hay algo que es más poderoso que tú y tus emociones. No eres nadie, susurra una vocecita ante el enorme despliegue de fuerza de la naturaleza. Mírame, tirando todo y uno se reconoce, minúsculo, ínfimo, ante el embate del cielo, de la tierra, del aire y del trueno.
¿Han oído como suena un temblor? Suena a un rugido ahogado, a un rumor violento y físico, a un suspiro aterrador del aire. Es un sonido propio y una vibración específica. Es el mareo del madreado. Es la señal de que hay algo más fuerte que tú y tus pequeñas cosas, familiares, sentimientos, emociones. Es el sonido de lo que no se conoce y que se reconoce funesto.
Sigue temblando. No hago nada aquí en mi colonia y decido ir al centro a ver en qué se puede ayudar. El servicio de transporte es normal pero todos tienen cara de azoro. De incredulidad. De “no, otra, vez”.
Recorro el centro. Lo que endeblemente quedaba en pie ya no resistió más. Lo débil se cayó. Lo frágil se lastimó y lo fuerte se abolló. Están dándonos donde más nos duele: nuestros edificios, casas y comercios. Más casas tiradas, más escombros, más polvo, más miedo y asombro.
Por ahí se ven las carras aterrorizadas de los miembros de la escuadra de una youtuber y al reportero de Televisa que, sacón, corre cuando le agarra una réplica en medio de su transmisión en vivo. En la esquina hay un grupo de viejitas que me regalan un bolillo. No sé si lo agarro por miedo o por hambre pero lo engullo con gusto. La casa de na Olivia se ha caído completamente, la barda del tercer piso del gym se desploma lentamente. ¿Han sentido un terremoto? ¿Han visto como se desploman las casas? ¿Sólo en películas? Bueno, aquí ha pasado, Y dos veces. Como la coincidencia del 19 de septiembre en el DF. Aquí, va de nuevo. Reconozco el negocio que sigue en pie. El edificio de al lado se ha partido en dos. Aunque no ha caído, la grieta me produce vértigo. Cargo el celular, prendo el wi fi. Se acercan unos cuantos. No hay nadie en la calle. Hay muchísimo miedo. Y tiembla, y tiembla y vuelve a temblar. 5.1, 4.8, 4.5, 5.9, 5.2 parecen las calificaciones de mi sobrino Emi, me digo para consolarme. Pero sigue temblando y las viejecitas no pueden correr y los chavos miran con ojos mudos y los soldados no saben qué hacer. Ellos me reportan que no hay muertos, sólo múltiples desplomes de construcciones “tocadas”. Lo constato al grabar el viaje de regreso a casa.
Tengo que hacer algo, reportar, ayudar a mis vecinos y, sobre todo, calmarme. Hay muchísimas réplicas y recuerdo que no he desayunado ni comido. Son las tres de la tarde. En tiempos de zozobra, es consuelo que el tiempo pase rápido. Se comienza a nublar el cielo y una oscura acumulación de nubes luce apocalíptica. Hemos tenido más de treinta réplicas. Una cada quince minutos. Tiembla y tiembla y vuelve a temblar y la gente tiene mucho miedo.
No tengo -tanto- miedo. Lo que sí quiero es que mi normalidad regrese. Me sorprendo llorando por ella. No hemos comido ni dormido ni soñado ni vivido bien desde aquél día. Nuestras rutinas las ha derrumbado el temblor. Comemos lo que hay en el mercado, lo que nos alcanza, mientras nos acordamos. Porque cuando hay miedo se va el hambre. Porque cuando hay miedo, la vida se escapa en acumular más miedo.
Comienza a llover. Mucho. Mucho. Los vecinos deciden dormir afuera. Saco todos mis colchones para que los bebés, los abuelitos y los niños no se mojen. ¿Que donde duermo? Bah. He dormido en la calle y en la cárcel así que eso no importa. A mí que me lleve la madre pero los morros nel. Les digo en mi corriente francés.
Llueve, a cántaros. Truena, relampaguea, la tierra se cimbra cada quince minutos. Retumba el cielo y retiembla la tierra. Dicen los viejitos que se están peleando Dios y el diablo. Y nosotros estamos en medio. Hijos de aquél o del otro. Y todos tenemos miedo.
Estoy cansado, hambriento, exhausto, mojado. No sé si me voy a enfermar ni sé que va a pasar en los próximos quince minutos. La vida se achica y la esperanza se va acabando con el paso de los minutos. ¿Así es el fin del mundo? ¿Cuándo vendrán por mí? ¿A qué hora sonará la primer trompeta?
Las noticias de mis amigos me sumen en profundo terror. Estamos solos, abandonados por Dios, el diablo, el gobierno municipal, estatal y federal, por Televisa y Loret de Mola, por TV Azteca y los peluches, por los hijos del istmo que lejanamente preguntan que cómo estoy. Estamos solos en esta batalla, con miedo, con profunda desesperación, entre la lluvia y el trueno de la tierra. Estamos solos y la noche cae pesada sobre nuestras cabezas que afligidas intentan dormir entre el terror de quedar sepultado por lo que nos queda en pie. Dormimos a cachitos. Dormimos por intervalos porque algunos hacen guardia. Decido, por fin, dormir y lo intento pero no puedo. Anoche no dormimos porque estuvimos del lado de Xhavizende, de Dios y de los buenos en esta tierra porque mientras haya vida, hay esperanza y la fe es lo bueno y el amor que se tiene por la vida le gana a la pulsión de muerte y al miedo.
Nos aferramos a la tierra que tiembla a cada rato. Aquí nos quedamos. O nos tragas o nos quedamos encima de ti. O nos derrumbas o nos tiras o levantaremos sobre ti la vida misma.
(Noche.)
Hoy ha amanecido. Hace un sol esplendoroso. Creo que la luz le ha ganado a la oscuridad. Y a pesar del cansancio, del terror y la derrota, nuestro olvidado istmo se reconstruye con la sensación de que los buenos dioses han vencido.
(Día.)
Mientras escribo esto ha temblado exactamente cinco veces. Le digo a mi hermano que debemos acostumbrarnos ya a esto. A acostumbrarnos a ser humildes y a pensar que no somos nada si cualquiera de las fuerzas que dominan a este mundo deciden lo contrario. Pero en nuestra esperanza reside la resistencia, mientras haya vida habrá un istmeño en esta tierra. Mala hierba (o Dios) nunca muere.

¡Apoyemos a nuestrxs hermanxs de Oaxaca!