Pocas veces me he quitado los audífonos a mitad de un disco por el estruendo, cambios repentinos, o porque no sé qué está pasando dentro del álbum.

El caso más reciente pasó con el Atrocity Exhibition (alguien que me diga cómo no noté el spoiler en el título) de finales del año pasado, a cargo de Daniel Dewan Sewell, a.k.a. Danny Brown. Lo conocía desde antes, pero no lo comprendía.

Me quité los audífonos pero me encantaba, se volvió necesario seguir escuchando algo totalmente impredecible y notablemente hecho con la intención de ser oscuro, directo y que te dejara pidiendo más. Terminar el Atrocity me llevó a los discos pasados, y extrañamente, descubrí a un rapero que hacía referencias a Bukowski, Kubrick y a la pornografía en los ochentas por igual. Me encantaba.

Sí, en este punto parece que se trata de un fan boy más haciéndole una carta a su crush musical del momento, pero lo que ocurre con quien le entra a un game changer como este, va más allá. La variedad de herramientas para hacer su música, cambia la concepción del rap en este caso.

Supongamos que amas a Kanye, pero si escuchas un disco de Kanye, sabes que ya escuchaste todo de Kanye. No está mal, se aprecia que alguien use la paleta de sonidos que te gusta, se haga autoreferencias, tenga un fan service bueno y además sea attention whore (bueno, tal vez eso no). Es lo mismo con varios: Eminem no es Eminem en un disco si no indica que va a matar a alguien y menos si graba sin su voz enojadarasposa.

No está mal en absoluto, pero el rap es el género sin reglas de género, por origen creado para innovar, deshacerse, combinarse y demás. Es lo que Danny tiene claro y está grabado en cada disco, vaya, ni entre canciones puedes encontrar monotonía. Se disfrutan estilos marcados y sin cambio, pero cuando te topas con algo como Danny Brown es inevitable juzgar por qué los demás se quedan en lo mismo.

Sus primeros cortes tenían fondos hasta de R&B, y ahora tiene canciones basadas en sampleos de voces que parecen sacadas de canciones de los 30′. La lírica va desde canciones feel good como grown up hasta asumir que morir como un rockstar es lo mejor, en medio del abuso.

Detrás de la voz e imagen de Brown viene lo mejor, los ataques duros a la sociedad en la que vivimos: abuso de drogas que generan problemas mentales (y viceversa), la interminable carrera por la adultez exitosa, vivir de los hits y ya o decir fácilmente que eres un game changer, sin serlo.

También en el rap necesitas vivir a la altura de tus palabras. Sí, está poca madre HUMBLE., pero Kendrick ya pasó a ser un bon vivant y sus shows pasaron a ser statements de luces y escenario a simplemente de palabras con beats.

Danny Brown sigue usando una playera y ya, sus shows en vivo solo van de beats pesados, no dejarte descansar y estar atento a ver en qué momento le faltará el aire para acabar los versos (spoiler alert: no pasa), no hay coros, no hay partes en las que el público tenga un papel o en el que diga algo relacionado con la política (no estás ahí por eso).

Lo más cercano a dejar de ser quien es, es haberse puesto dientes porque no tenía. El tipo reseña sus propias letras en Genius.

El corte de Brown es no tener un corte, sino su timbre de voz y la calidad de los beats: no se aferra a un tempo, a tres sintetizadores o a una estructura lírica o a un tema, como en “Lost” en donde se balancea entre la línea de sus gustos fílmicos y decir que se puede estar drogado sin perder el control.

Es momento de apreciar lo que está haciendo: cambiando las reglas. Comenzó con la voz baja y R&B, y ahora en el Atrocity tiene la voz más chillona del rap en un disco de terror. Espero ver a dónde llega el Aderall Admiral.

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Por: Federico Franco