A primera vista, Corea del Sur parece ser un país extravagante, avanzado y, contrario a su vecino del norte, libre. Esta impresión nos llega gracias a su cultura popular, en especial a su música, que se caracteriza por ser colorida, exuberante y con una fuerte influencia norteamericana; que también se ve reflejada en la forma en la que se ven y se visten.

Pero hasta dentro del país más progresista existen tabúes, y Corea del Sur, como varios países asiáticos y latinoamericanos, no es la excepción.

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En el país oriental, los tatuajes no son un tema fácil. Hasta hace unos años, este tipo de arte en la piel estaba relacionado exclusivamente con las mafias y el crimen organizado. Esta percepción social ha ido cambiando gracias, justamente, a la cultura local e internacional: artistas de K-Pop, deportistas, actores y más personajes del entretenimiento surcoreano han hecho de los tatuajes parte de su estilo de vida.

Sin embargo, aún no todo es felicidad, pues aunque los tatuajes no son ilegales, tienen un gran inconveniente: sólo pueden ser hechos por médicos. SÍ, así como lo lees. Suena a locura, pero para el Departamento de Salud de Corea del Sur, es algo serio. Ellos consideran que, como el proceso de tatuado es invasivo con el cuerpo (la piel es penetrada y hay sangrado), se trata de un procedimiento médico que tiene que hacerse por un profesional. Además, la ley se justifica en la prevención de contagios de hepatitis, VIH o cualquier otra enfermedad.

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¿Pero qué pasa con todos los artistas del tatuaje que viven allí? Para empezar, muchos han emigrado a otros países, con el afán de poder trabajar libremente. Los que permanecen en el país, no pueden tener estudios de tatuajes formales, porque serían encarcelados. Así que se mantienen trabajando de manera anónima y oculta, ya sea en sus propios departamentos o en lugares abandonados, siempre evadiendo el radar de las autoridades, quienes no prestan atención a este asunto, como sucede con la prostitución.

Este interesante artículo de Japan Times habla sobre todo esto, y sobre Jang, un tatuador de 42 años que vivió muchos años en México, aquí aprendió y después regresó a Corea del Sur para abrir su propio estudio ilegal. Vale la pena darle una leída.

Increíble, ¿no? ¿Te imaginas que esto sucediera en México?

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